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Vanguardias e influencias

Darius Milhaud (1892/1974) fue uno de esos músicos visionarios que partiendo de una formación clásica supo ver -y escuchar- bastante más allá. Y, sobre todo, supo no caer en ninguno de los maximalismos reduccionistas en los que las nuevas corrientes acaban desembocando. Fue, en cierto modo, un curioso siempre dispuesto a dejarse sorprender, con plena capacidad para asimilar todo lo novedoso y, sobre todo, con la suficiente seriedad como para poder reírse de cuanto le rodeó.

Detalle

Una brillante obra del gran pintor de la vanguardia expresionista brasileña Candido Portinari (1903/1962). Detalle de “Músicos” (1961).

Milhaud formó parte del heterogéneo “Grupo de los Seis” -Les Six- apadrinado por Erik Satie. Coqueteó con el atonalismo y el politonalismo, con la música folclórica brasileña y con el jazz, con la ópera, la música de circo, el ballet, la música de cámara y las bandas sonoras para la recién nacida industria cinematográfica -musicando films de personajes como Buñuel, Renoir, Siodmak, Malraux o Resnais-.

“Ipanema”, cuarto movimiento de la suite de ballet “Saudades do Brasil” [Op.67], en una grabación de 1956 interpretada por “The Concert Arts Orchestra” dirigida por el propio Darius Milhaud.

De su extensísimo catálogo de obras -fue, también, uno de los compositores más prolíficos del siglo XX- me hubiese gustado poder traeros el delicioso ballet “Le boeuf sur le toit” una pieza llena de aromas brasileños, pero su extensión -unos 20 minutos- lo desaconsejan. En su lugar y como muestra, os dejo la pieza “Ipanema” de su suite de ballet “Saudades do Brasil” compuesta entre 1920 y 1921. Una primera y sutilmente enérgica aproximación a la siempre chic playa carioca que, unos años más tarde, el delicioso talento de Jobim y de Moraes nos redescubrirán a través de su “Garota”. Que ustedes la disfruten.

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Demasiados compositores de nuestra época pretenden ser “modernos”, sin poseer el don de la originalidad. Y no comprenden que todo artista original es moderno por fuerza.

Heitor Villa-Lobos, reflexionando sobre la música, modernidad y la originalidad.

Bacalao al horno con setas

Vamos, una vez más, con una sencillísima receta en la que uniremos un espléndido producto de temporada -unas setas de otoño- y un alimento tan tradicional en nuestras cocinas como es el bacalao. En este caso hemos utilizado setas de chopo - Agrocybe aegerita- pero la receta se puede elaborar prácticamente con cualquier otra variedad, ya que la textura y el sabor del bacalao contrasta y combina perfectamente con las cualidades aromáticas de las setas.

Para la preparación necesitaremos cuatro buenos lomos de bacalao salado, un manojo de setas de temporada bien limpias -sin pasar por agua-, aceite de oliva virgen, un par de dientes de ajo, unas ramitas de perejil, una pizca de Pimentón de la Vera, sal y pimienta.

En primer lugar hay que desalar el bacalao. Existen muchos métodos pero, personalmente, el que mejores resultados me proporciona es eliminar la sal exterior suavemente bajo el grifo y mantenerlo en remojo con agua fría durante 24 horas cambiando el agua cada 8 horas. Una vez finalizado el proceso lo envolvemos en un paño y dejamos que absorva el exceso de agua.

Salteado de las setas con un hilo de aceite y un poco de ajo para recuperar todo el sabor de las mismas tras la evaporación del exceso de agua.

Vamos con las setas. Tras limpiarlas cuidadosamente y trocearlas a mano -tanto limpiarlas con agua como trocearlas con un cuchillo debilita su sabor- las salteamos suavemente junto con un par de dientes de ajo finamente laminados. Cuando el líquido que desprenden las setas se haya evaporado añadimos un poco de perejil picado, salpimentamos y apagamos el fuego reservando las setas al calor.

Mientras, precalentamos el horno a unos 220ºC y engrasamos la bandeja con un poco de aceite. Colocamos sobre ella los lomos de bacalao con la piel vuelta hacia abajo y horneamos durante unos 7 u 8 minutos -en función del grosor de lo los lomos-. El punto de asado ha de ser lo suficiente para que el bacalao se desprenda en láminas blancas pero ligeramente húmedas.

El bacalao recién horneado y sazonado con un poco de aceite de oliva virgen y espolvoreado ligeramente con Pimentón de la Vera acompañado de las setas de temporada.

Emplatamos. Colocamos un lomo  de bacalao en cada plato, le añadimos un chorrito de buen aceite de oliva virgen y, sobre éste, espolvoreaos un poco de pimentón de la Vera. Junto al lomo colocamos un par de cucharadas de setas con su jugo y listo para servir. Así de simple y así de sabroso. Bon Appétit!

Pianos en el XXI/1

Quiero hacer un rápido repaso a cuatro grandes pianistas y compositores de nuestro tiempo que proviniendo de distintos ámbitos -el pop, la crítica o el academicismo- han terminado en ese gran saco, mal llamado a veces new age, en el que reina la más absoluta confusión estilística. Igualito que en el resto de las músicas doctas de la última centuria.

El primero de nuestros invitados -por riguroso orden alfabético- es el italiano Ludovico Einaudi -de quien ya hablamos hace (demasiado) tiempo aquí o aquí-. Nacido en Torino en 1955, forma parte de los músicos que habiendo sido cultivados en el academicismo han derivado hacia otras vías más eclécticas. En el caso de Einaudi su estilo fluctúa entre el post-romanticismo y la música de ambiente. Esta dualidad que perfuma el conjunto de su obra se ve acrecentada cuando las piezas son compuestas e interpretadas únicamente con el piano. La suavidad melódica, los largos silencios y los calmos arrebatos rítmicos componen la particular paleta con la que pinta su obra. Tal vez  por ello ha sido elegido -y premiado- en la composición de bandas sonoras tanto para el cine como para la pequeña pantalla.

Ludovico Einaudi

“Uno” de Ludovico Einadi (Divenire, 2006)

La pieza que he elegido para ilustrar sonoramente este comentario se llama “Uno” y es la que abre su álbum “Divenire” (2006). Una sutil e íntima pieza de piano, arropado por unas ligeras capas sintetizadas y por cajas batiendo ligeros ritmos, capaces de llenar con la nada de sus sonido los larguísimos y profundos silencios de esta enigmática pieza. Que ustedes la disfruten.

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O más exactamente, Lasagna de espinacas con panceta, piñones y crema de queso de cabra. Para su elaboración partiremos, una vez más, de un producto de temporada -las espinacas, que congeladas también resultan fantásticas- y entorno a él organizaremos un delicioso, sabroso y nutritivo plato único con un suave aroma a queso de cabra. Respecto a este último ingrediente hay que hacer una puntualización: en esta receta ni el aroma ni el sabor resultan agresivos, pero para aquellos que no gustan de las particularidades de este queso, siempre existe la alternativa de utilizar otro de sabor más neutro -un Mascarpone, un queso fresco o incluso un requesón pueden resultar aptos para la preparación-.

Matisse: Naturaleza muerta con mujer dormida

Hoy también nos acompaña Henry Matisse con una nueva obra de una mujer junto a una mesa [+]; “Naturaleza muerta con mujer dormida” (1940). Una refrescante y reposada pintura, ideal para ponerse manos a la obra.

Vamos con la lista de ingredientes. Necesitamos 500 gramos de placas de Lasagna, 1 kilo y medio de espinacas frescas -o un kilo si son congeladas-, 2 “rulos” de queso de cabra de unos 200 gramos cada uno -tipo President, Chavroux o similar-, 150 gramos de panceta ahumada cortada muy fina, 75 gramos de mantequilla, 75 gramos de harina, 75 centilitros de leche, 20 centilitros de nata líquida, 100 gramos de Parmigiano rallado, 100 gramos de piñones, aceite de oliva virgen, nuez moscada, sal y pimienta.

Manos a la obra. Cocemos la espinacas en abundante agua salada durante unos 15 minutos -10 si son congeladas-, las escurrimos y las trocemos para poder manipularlas con más comodidad. Mientras, precalentamos el horno a 180ºC y doramos la panceta sobre la rejilla hasta que quede bien crujiente. La reservamos envuelta en papel absorvente. Al mismo tiempo salteamos los piñones en una sartén en seco -sin aceite- pero cuidando que no se quemen.

Montando la primera capa

La primera capa está lista; las placas de pasta del fondo y los laterales, las espinacas, la panceta ahumada, los piñones tostados y la besamel al queso de cabra. Otra capa de placas de pasta y vuelta a empezar con el relleno.

Preparamos la besamel. Un sistema que simplifica y evita problemas es hacerla “a la manera de Fernando Canales [+]“, es decir, calentamos la leche y aparte batimos en un bol la harina junto con la mantequilla derretida hasta obtener una mezcla homogénea. Cuando la leche empiece a hervir añadimos lentamente la mezcla y dejamos hervir suavemente removiendo durante unos 10 minutos. Si es necesario, rectificamos la textura añadiendo algo más de leche o dejándola evaporar, salpimentamos y añadimos la nuez moscada al gusto. La besamel está lista. Mientras, quitamos la corteza y las puntas a los “rulos” de queso y lo troceamos. Incorporamos la nata y el queso a la besamel y batimos enérgicamente hasta obtener una masa homogénea. La textura final ha de ser muy cremosa, no sólida.

Montemos la lasagna. Engrasamos una fuente de horno con un poco de aceite y colocamos una base de placas de pasta cubriendo el fondo y los laterales -si es necesario, cortar las placas para cubrir perfectamente la fuente-. Colocamos sobre éstas una capa fina de espinacas, unos piñones, unas láminas de panceta, cubrimos con una capa ligera de la besamel al queso y espolvoreamos  un poco de Parmigiano. Volvemos a colocar otra capa de pasta y repetimos la operación hasta acabar con los ingredientes -deben salir unas tres capas de pasta y otras tantas de relleno en función del tamaño de la fuente-. Para acabar cubrimos todo con la besamel restante y el Parmigiano rallado.

La lasagna horneada

La Lasagna recién salida del horno. La superficie y los laetrales están crujientes y el relleno bien caliente. Es la hora de la degustación.

Y al horno. Una treintena de minutos a 180ºC será suficiente para acabar el plato. La besamel ha de quedar perfectamente dorada y crujiente. Servir caliente acompañada de un buen tinto joven y aromático. Y, como siempre… Buon Appetito!

Vivaldi no compuso 400 conciertos, compuso 400 veces el mismo concierto.

Igor Stravinski polemizando, una vez más, sobre la música y los músicos.

Muros, fronteras & himnos

Este año conmemoramos el 200 aniversario de la muerte de uno de los más grandes compositores de todos los tiempos, Franz Joseph Haydn y, hoy en concreto, celebramos también el 20 aniversario de la caída del muro de Berlín y del inicio de la reunificación de Alemania. Una fecha para felicitarnos simplemente por que hay frontera menos.

Es esta una curiosidad histórica que también ha querido que el actual himno de la República Federal de Alemania fuera compuesto por el propio Haydn, si bien la pieza original -el segundo movimiento del cuarteto de cuerda Opus 76, número 3, también conocido como “Kaiserquartett” o Cuarteto del Emperador- estuviera dedicado al emperador Francisco de Austria. Alemania, como nación, aún tardaría unos cuantos decenios en aparecer en la historia.

quadriga

La cuadriga que remata la famosa Puerta de Brandenburgo regresa a Berlín tras haber sido trasladada a París por Napoleón como trofeo de guerra. Una heroica y propagandística pintura del alemán Rudolf Eichstaedt.

Los avatares de la historia -entre los que podríamos citar la derrota del imperio Austrohúngaro tras la primera Guerra Mundial o la “voracidad” cultural de la emergente Alemania- convirtieron a esta pieza, ya dotada de texto en sus inicios pero “políticamente inadecuados” a los nuevos tiempos y fines, en el himno que hoy todos conocemos.

Segundo Movimiento del cuarteto de cuerda Op.76/3, “Kaiserquartett” de Franz Joseph Haydn, compuesto en 1797 e interpretado por The Angeles String Quartet en su edición completa de los 67 cuartetos de FJ Haydn.

Por fortuna, musicalmente hablando -y dejando a un lado las necesarias adecuaciones a los diversos formatos sinfónicos, militares, etc.- la pieza conserva intacta su melodía aunque su tono, originalmente un tanto más intimista, ha tenido que vigorizarse hasta alcanzar la notoriedad sonora que su interpretación como himno nacional requiere. O eso parece.
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Esta es una receta recogida en las costas gaditanas, patria de mis vacaciones desde hace años, que combina los sabores de una cocina simple y tradicional -casi de subsistencia- con la infalible armonía resultante de la mezcla de los productos de la tierra y el mar. Nada es superfluo, nada es decorativo y el resultado lo agradece; un meloso, aromático y refrescante guiso marinero capaz de hacernos recordar los aromas y los sabores más sutiles de nuestro Atlántico sur.

Renato-Guttuso-'la-Vucciria'

Detalle de “La vucciria” -El mercado de La Vucciria” (1974)- del pintor siciliano Renato Guttuso (1911/1987). Una imagen caótica e idealizada del viejo mercado de Palermo. Todos los colores, aromas y sabores comunes a la cultura mediterránea en un maravilloso lienzo expresionista.

Los ingredientes necesarios para la preparación son tan simples como la propia receta. Necesitaremos un choco -sepia o jibia- de un kilo, 4 tomates bien maduros, una cebolla, un diente de ajo, 2 hojas de laurel, una ramita de tomillo, una copa de vino fino, un buen puñado de fideos gruesos -número 4 ó, en su defecto, unos spaghetti troceados- y un poco de aceite de oliva, sal y pimienta.

Procedamos. En una cazuela amplia pochamos -hacemos suavemente- junto con un poco de aceite, la cebolla y los ajos finamente picados. Mientras, en otra cazuela escaldamos los tomates -a los que previamente habremos hecho un corte en  forma de cruz en su base para poder pelarlos más cómodamente-. Una vez escaldados y pelados, los incorporamos troceados al sofrito junto con las hojas de laurel, la ramita de tomillo y el vino fino. Salpimentamos y dejamos cocer todo junto unos minutos hasta que el vino se evapore.

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El guiso de chocos listo para incorporarle los fideos. Esta base se puede preparar con antelación para terminar el guiso en el momento de degustarlo.

Al mismo tiempo, vamos limpiando y troceando uniformemente el choco y lo incorporamos al guiso. Dejamos cocer suavemente durante unos 25 ó 30 minutos hasta que estén bien tiernos y con esto la base del guiso queda preparada.

Acabamos. Añadimos los fideos y dejamos cocer unos 10 ó 15 minutos hasta que estén bien tiernos y hayan absorvido todo el sabor. Si es necesario añadiremos un poco de agua -o caldo de pescado- ya que los fideos absorberán bastante líquido. Rectificamos la sal y retiramos las hojas de laurel. El resultado ha de ser una base melosa de fideos y vegetales, plena de aromas y sabores de tierra y mar y coronado por unos suaves y delicados trozos de choco. Bon Appétit!

El cuarto checo

Es la habitación o el espacio íntimo en el que se desarrolla -vive y crea- un tímido y prolífico compositor de nuestra era. También es el número maldito dado a quien, ordinalmente, viene a cerrar la lista de grandes compositores de la República Checa; Smetana, Dvorak, Janacek y Bohuslav Martinu (1890/1959). Es, el cuarto checo, un viajero de necesidad, tanto en lo físico como en lo artístico. Guerras, invasiones y emigraciones forzosas que se ven potenciadas por el marasmo dubitativo de estilos, modos e influencias del pasado siglo XX musical. Y bajo todo ello, una sola referencia fija: los aires musicales y vitales populares que subyacen, tímidamente a veces, bajo toda una obra. Bajo toda una vida.

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“Los músicos ciegos”  del pintor expresionista finlandés Alvar Cawén (1886/1935). Una hermosa y triste imagen -los ojos que no miran y la voz que no se oye- para un compositor tan grande como desconocido.

A lo largo de su extensa carrera, Martinu compuso cerca de 400 obras entre las que podríamos destacar sus seis sinfonías, una docena de óperas -algunas estrenadas con gran éxito- y una innumerable colección de piezas de cámara y melodías que se debaten entre los neos-clasicismo y barroco, las corrientes innovadoras del siglo pasado y un constante y sutil folclorismo.

Tocata de la obra “Tocata y dos canciones” dirigida por Jirí Belohlávek, con Cedric Tiberghien al piano e Isabelle Faust al violín acompañados por The Prague Philharmonia.

El corte que he seleccionado corresponde a la primera parte -Tocatta: Allegro moderato- de su obra Tocata y dos canciones para cuerda, viento y piano obligado” [H311] compuesta en 1946. Una pieza inquietante, enérgica y colorista, en la que persiste una cierta tristeza -la guerra aún está próxima- y en la que la voz del piano inicia frases brillantes que la mayoría de la veces acaban engullidas por la orquesta. Una obra dulce y amarga, llena de sentido y sentimiento que puede servir de preámbulo para descubrir a este magnífico autor. Que ustedes la disfruten.

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Crema de calabaza

No hay receta más apropiada para estas fechas. Estamos en plena temporada de calabaza y este fin de semana es Halloween. Así que, en lugar de utilizar nuestras queridas cucurbitaceas como elemento decorativo de una fiesta importada, vamos a darles un mejor uso. Y ya que se aproximan los fríos, nada mejor que preparar una deliciosa, sencilla y reconfortante Crema de calabaza con crujiente de jamón y láminas de Parmigiano.

Existen infinidad de recetas para la elaboración de esta crema, desde las más simples basadas únicamente en la cocción conjunta de 2, 3 ó 4 vegetales hasta las cremas deconstruidas de última moda. En este caso os presento la crema que habitualmente preparamos y que se completa con tres ingredientes extras -jamón, queso y huevo- que la convierten tanto en un poderoso primer plato como en un suculento plato único -obviamente, para una preparación más limpia basta con retirar, además de los tres ingredientes extras, la nata-.

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Un fabuloso e hiperrealista “Bodegón con calabazas y granadas” pintado por Antonio Guzmán Capel [+]. Calabazas, granadas, nueces… delicias otoñales para ambientar esta receta de una crema reconfortante.

Para la preparación necesitaremos unos 300 gramos de calabaza, media cebolla blanca, un puerro, 125 centilitros de nata líquida -es opcional ya que la crema en sí resulta bastante melosa-, un par de zanahorias, una patata, un poco de aceite de oliva virgen, un poco de mantequilla, sal, pimienta, un trozo de Parmesano -Parmigiano-Reggiano, que para eso tiene su denominación de origen-, 2 ó 3 lonchas de buen jamón y un huevo fresco por comensal.

Manos a la obra. Comenzaremos por limpiar, pelar y trocear uniformemente todos los vegetales. Mientras, en una olla amplia podremos a calentar un trozo de mantequilla -una nuez- junto con un poco de aceite de oliva para, a continuación, rehogar suavemente -sin que tomen color- la cebolla, la zanahoria, el puerro y la patata. Transcurridos unos 10 minutos incorporamos la calabaza, rehogamos ligeramente, salpimentamos y añadimos un par de vasos de agua -unos 750 centilitros que también pueden ser de caldo vegetal o de pollo si deseamos un sabor más intenso-. Dejamos cocer suavemente durante una media hora hasta que la calabaza y la patata estén bien tiernas.

Mientras tanto, calentamos el horno a unos 120ºC y colocamos las lonchas de jamón sobre la rejilla a una altura media-baja -es conveniente colocar la bandeja del propio horno bajo la rejilla y así evitaremos ensuciar más de lo estrictamente necesario-. Horneamos los lonchas de jamón durante unos 20 ó 25 minutos hasta que queden bien crujientes -esto es lo que se llama un “crujiente de jamón”-. Una vez frío lo machacamos finamente con el mortero o con las propias manos, hasta obtener unos trocitos del tamaño de granos de arroz.

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La Crema de calabaza con huevo mollet, crujiente de jamón y láminas de Parmigiano-Reggiano en todo su esplendor.  Un plato reconfortante para combatir los primeros fríos otoñales.

Acabamos. Pasamos  la crema por la batidora incorporando la nata y rectificando, si fuera necesario, la sal y la pimienta. Emplatamos colocando un huevo mollet para cada comensal, unas láminas finas de Parmigiano, espolvoreamos el conjunto con el crujiente de jamón, regamos con un hilito de aceite de oliva virgen extra y… Bon Appétit!

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